Puerto Varas a pie
Como suele suceder, lo pintoresco supera a lo bonito.
El dia empezó con desayuno en el hostal (tamaño normal, considerando que se trata del sur de Chile), tras lo cual partí a recorrer Puerto Varas a pie.
Partí bordeando la costanera, pero evitándola para no caer tan temprano en lo típico. Cargaba solo la mochila, y no pretendía regresar al hostal sino hasta el final de mi recorrido.
Fui despegándome de la costanera hasta eventualmente girar en dirección a la Avenida Colón, dejando atrás los acomodados barrios sobre el lago para internarme en calles más estrechas, donde abundaban las casas de lata y los autos abandonados. El ambiente era humilde, pero de tranquilidad.
A esa hora de la mañana, la Avenida Colón vibraba en actividad, dejando claro su rol como centro neurálgico del quehacer no turístico de Puerto Varas. Docenas de pequeñas tiendas familiares se alineaban a lo largo de la calle, desde la carnicería con el cerdo antropomórfico haciendo de anfitrión, pasando por la típica barbería pintada completamente de negro, hasta el bazar-cordonería-botillería que fue adaptándose a las necesidades de su clientela con el paso de los años. Su evidente diversidad contrastaba dramáticamente con la presentación deliberada y coherente de los barrios cercanos al lago.
Porque en los alrededores de la costanera, Puerto Varas es solo turismo. A la abrumadora oferta de hoteles, cabañas y residencias, se agrega el ofrecimiento de un sinfín de excursiones y otras actividades que prometen mantener al visitante deseando alcanzar pronto el fin de sus vacaciones para tomarse un respiro.
La Avenida Colón desemboca en la Avenida Colonos, a lo largo de la cual descendí de vuelta a la costanera. Desde ahí retomé mi camino hacia el oriente, y para entonces (bordeando los 8 Km de caminata) mi elección de un calzado de suela delgada empezó a pasarme la cuenta, tras notar cierta sensibilidad en la planta del pie. Por lo tanto, decidí detenerme a descansar en un banco afuera del Jumbo.
Alrededor de las 13:30 emprendí el regreso, habiéndome abastecido de galletas y chocolate. El pie todavía me dolía, y en todo el centro comercial no había encontrado plantillas que pudieran mejorar la amortiguación, de manera que decidí disminuir el ritmo de la caminata.
Recién a eso de las 14:45 llegué, para almorzar y descansar, al restaurant Puerto Colono. Su mayor atributo, aparte de lo buenas que son sus papas fritas, es la calidad de su atención y su vista directa al lago, la que disfruté al menos hasta las 16:00.
Entonces me dediqué a recorrer los lugares típicos a lo largo de la costanera, hasta regresar al centro, donde finalmente encontré plantillas de silicona en una farmacia «alternativa» (las principales no venden). Aliviado el malestar, y dado que había empezado a llover, recorrí el mall, donde compré algunas cosas y estuve hasta la hora de cierre, a las 20:00.
De regreso en el hostal, me cambié a calzado de caminata (el que debí haber elegido en primer lugar) y tras descansar un poco más tras los 20 Km de recorrido, bajé nuevamente a la costanera, en busca de un lugar para cenar.
Mi elegido fue La Vinoteca, tan solo 10 minutos antes del cierre de su cocina. El lugar es cálido y acogedor, con porciones generosas a un precio regular. Mi día terminó ahí, tras caminar más de 21 Km.